viernes, 28 de marzo de 2014

Aquel instante...

En un instante sentí que era feliz. Apenas me había despertado cuando la luz empezó a colarse por mi ventana, atravesándome los párpados. El sol me acariciaba la piel con delicadeza, sus rayos me mecían poco a poco. Reviviendo la parte más muerta de mi interior. Aquella parte impalpable, invisible para muchos, imborrable. Aquel pasado lleno de oscuridad. Toda mi vida había sido oscura frente aquel fulgor de la mañana que llegaba a mí. Me sentía pequeña. Pequeña comparada con la grandeza de todo lo bueno. Pequeña, comparada con la fuerza de subsistencia de todo lo malo. Susurrando como solo el lo sabe hacer, el viento también apareció por el horizonte. Y la fuerte atracción del olor de la brisa marina se sumó al conjunto de alicientes que formaban aquel paisaje. Si el aroma de los pinos, o la tenue y casi imperceptible fragancia de la hierba mojada por el rocío no conseguían enamorarme, ya nada lo haría. Pues la indiscriptible sensación de pertenecer a aquel maravilloso escenario de colores nunca vistos me llenaba el alma. El arpegio de las olas. Naciendo para luego romperse en la orilla. Acariciando la arena con su cuerpo. La armonía que los seres vivos creaban. Las notas del cantar de un pájaro perdido. La ligera luz de una vela que se consume, y su ahumado aroma. Y cuando por fin la llama se apaga, se extingue algo más que una vela. Se me consumen también las ganas de seguir viviendo. Se me acaba la energía para continuar. Y cualquier ápice de felicidad, se disipa también. La oscuridad de una luz agotada me inunda.
 Pero una cosa está clara ¿no?
Pues las estrellas no pueden brillar sin oscuridad.
Tu consumes mi vela, pero antes de eso, claramente, has de prender fuego a mi llama.





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